redes de cambio
Por César Tomás Zarrabeitia, coordinador de
Ciudades Innovadoras en RIL
Hay una tentación cuando se trabaja en un desafío público (desde un gobierno, una organización o incluso desde un programa de innovación) a creer que primero hay que encontrar la solución y después convocar a los demás. La experiencia nos viene mostrando que, frente a los problemas complejos de una ciudad, conviene hacer exactamente lo contrario.
La clave es sentar alrededor de una misma mesa a quienes conocen distintas partes del problema: al funcionario que tiene capacidad de decisión, al vecino que lo vive todos los días, a una organización social que lleva años trabajando sobre el tema, a una empresa o una universidad, y también a alguien que probablemente nunca fue invitado a participar de una conversación de política pública. A eso, dentro del Programa de Innovadores Locales (PIL), lo llamamos Red de Cambio.
La definición puede sonar sencilla. Son espacios que conectan a líderes locales con actores de distintos sectores para comprender un desafío y co-crear respuestas. Pero después de acompañar cientos de estas redes, creemos que lo más interesante ocurre en un lugar un poco menos visible. Una Red de Cambio funciona cuando el problema deja de ser del municipio, de la organización o de los vecinos, y empieza a ser nuestro problema.
Redes de Cambio: participar no es solamente ser consultado
En los últimos años, desde RIL acompañamos la creación de Redes de Cambio en ciudades de América Latina, África y Asia. Solo durante las dos últimas ediciones del Programa se crearon 101 redes de cambio. Los números cuentan una parte de la historia; la otra aparece cuando uno mira qué sucede dentro de esas reuniones.
La metodología propone que los equipos lleguen a la comunidad con preguntas, no con una solución terminada para validarla. Trabajan sobre el sistema, contrastan sus hipótesis en el territorio, incorporan otras perspectivas y recién entonces avanzan hacia el diseño y la implementación de una respuesta. Las Redes de Cambio atraviesan ese proceso como un espacio estratégico, no como una instancia aislada, y esa diferencia parece pequeña, pero no lo es.
Consultar es preguntar qué piensa alguien sobre una decisión; colaborar supone aceptar que esa persona también puede modificarla, y eso exige ceder un poco del control, algo desafiante para cualquier organización.

Cuando aparecen conversaciones que antes no existían
San Carlos de Bariloche llegó al programa con un enorme desafío alrededor de la gestión de residuos, que incluía un relleno sanitario en una situación crítica, dificultades de recolección y actores que hasta entonces trabajaban de manera fragmentada.
La Red de Cambio reunió a unas 50 personas entre municipio, cooperativas de recicladores, academia, organizaciones y referentes barriales. En lugar de intentar resolver de entrada el problema más grande, la conversación permitió acordar tres frentes posibles: sensibilización, fortalecimiento de las cooperativas y actualización normativa para grandes generadores.
De allí surgieron, entre otras acciones, una propuesta de modificación normativa cuya autoría fue atribuida a la propia Red de Cambio, además de distintas acciones de sensibilización y recuperación de residuos. Con el tiempo, el propio municipio comenzó a presentar públicamente a la Red como parte del proceso que potenció la iniciativa Bariloche Responsable. Ahí está buena parte de su valor, en crear conversaciones que, de otro modo, probablemente no ocurrirían.
En Bariloche hubo además un resultado más profundo. Cuando entrevistamos al equipo tiempo después, una de las personas que había participado resumió el efecto de la experiencia en una frase: “Mi manera de trabajar cambió completamente”. La metodología había empezado a utilizarse también para abordar otros problemas municipales, y ese es uno de los indicadores más interesantes de una Red de Cambio, el momento en que deja de ser solamente una reunión alrededor de un proyecto y empieza a convertirse en otra manera de gestionar.


Cuando una red deja de pertenecer al gobierno
Otro aprendizaje apareció en Los Cabos, México. La iniciativa Santiago Sostenible reunió al gobierno local, emprendedores, academia, organizaciones sociales y sector privado alrededor del desarrollo del turismo sostenible. La Red continuó trabajando una vez terminado el programa, atravesó dos transiciones consecutivas de gobierno y fue ganando una identidad cada vez más autónoma.
Santiago Sostenible fue incorporada a documentos oficiales del municipio como una iniciativa construida de manera colaborativa, y la propia red avanzó hacia una mayor institucionalización. Su recorrido deja una enseñanza interesante, una iniciativa nacida o fortalecida desde el Estado no necesita permanecer exclusivamente dentro del Estado para sostenerse.
No sobrevivió porque una normativa obligara a mantenerla, sino porque había dejado de depender exclusivamente del gobierno. El análisis posterior de la experiencia identifica esa característica como una de las claves de su resiliencia, ya que los actores locales, y no solamente el municipio, quedaron en el centro de la gobernanza de la red.
Eso toca uno de los problemas centrales de muchas experiencias de participación ciudadana, cómo pasar del encuentro a la continuidad. Porque convocar una reunión no construye automáticamente una red; esta empieza a existir realmente cuando las personas encuentran razones para seguir vinculadas aun cuando termina el encuentro, cambia el funcionario que la impulsó o desaparece el programa que inicialmente las reunió.

Cuando la metodología empieza a viajar sola
En los últimos meses se fortaleció otro aspecto de la replicabilidad de la metodología, ya que las Redes de Cambio empezaron a viajar, no necesariamente porque RIL las llevara a un nuevo territorio, sino porque las personas que habían participado del programa comenzaron a hacerlo.
Hace poco articulamos con CYPA Africa (Center for Youth Participation, Dialogue and Advocacy in Africa) para participar de su Policy Leadership and Advocacy Fellowship Bootcamp en Jos, Nigeria. Quien representó a RIL ahí fue Itswell Victor, una participante destacada del Programa de Innovadores Locales y referente de nuestra Comunidad de Innovadores Locales. Frente a una nueva generación de líderes, ella facilitó presencialmente un espacio sobre liderazgo e incidencia en políticas públicas, y compartió herramientas de Redes de Cambio, gobernanza colaborativa y responsabilidades compartidas.
Esa escena tiene algo revelador. Una metodología utilizada dentro de un programa para trabajar sobre desafíos locales estaba siendo compartida, tiempo después, por una de sus protagonistas con líderes con los que RIL nunca había trabajado directamente. El conocimiento se pasa de mano en mano, y ahí aparece una dimensión de la democracia participativa de la que hablamos menos, la de que las capacidades también pueden distribuirse.

De participantes a multiplicadores
Para medir el impacto de nuestro programa, con frecuencia nos preguntamos qué sucede con las personas después. ¿Siguen convocando actores diferentes cuando aparece un problema? ¿Escuchan antes de diseñar? ¿Comparten herramientas con otros? ¿Crean nuevas conversaciones dentro de sus organizaciones? ¿Ayudan a que otras comunidades hagan lo mismo?
En PIL venimos encontrando algunas señales alentadoras: el 76,3% de los participantes relevados declaró utilizar herramientas de la metodología en su trabajo cotidiano, y el 84,5% de los equipos mantiene planes de colaboración después del programa.
Pero también aprendimos que una red no se sostiene solamente porque haya tenido un buen comienzo. Algunas se mantienen activas, otras entran en pausa y otras desaparecen; la falta de tiempo, financiamiento, respaldo político o una distribución clara de responsabilidades puede debilitarlas. Por eso, quizá, el objetivo no debería ser crear redes eternas, sino crear comunidades capaces de volver a organizarse cuando las necesitan.
Nuestra experiencia en las ciudades nos hace pensar que la democracia puede fortalecerse desde conversaciones pequeñas, concretas y profundamente locales.

Una Red de Cambio no garantiza que esas conversaciones sean fáciles, ni tampoco que todos estén de acuerdo. Lo importante es que crea un espacio donde personas que antes miraban el problema desde lugares distintos puedan empezar a hacerse cargo juntas.
A veces ese espacio cambia una manera de gestionar, como ocurrió en Bariloche. A veces adquiere vida propia y sobrevive a los gobiernos que ayudaron a impulsarlo, como Santiago Sostenible en Los Cabos. Y otras veces son las propias personas quienes llevan lo aprendido mucho más lejos, como Itswell compartiendo la metodología con una nueva generación de líderes en Jos.
Quizás esa sea una buena forma de medir hasta dónde puede llegar una metodología de participación, no por cuántas veces conseguimos replicarla nosotros, sino por cuántas veces otros deciden hacerla propia.
Imagen principal: Red de Cambio en Los Cabos, México.
