CIUDADES DE OPORTUNIDADES
Lo que el promedio esconde: las personas detrás del mapa de empleo

Cada punto del mapa argentino del empleo tiene debajo a personas que decidieron, renunciaron y apostaron. En ciertas ocasiones, encontraron una puerta abierta desde la gestión local. +COMUNIDAD conversó con cuatro protagonistas que pusieron primero todo lo suyo —el oficio, el ahorro, los años de esfuerzo, el estudio— y que en algún momento del camino encontraron, además, una decisión municipal que les acercó una oportunidad.

Por Juan Martín de Chazal,
Coordinación +COMUNIDAD | RIL

Esta es la tercera y última entrega de la serie sobre el trabajo y la geografía de las oportunidades, en el marco del Programa Regional de Capacitación de Narrativas y Datos impulsado por Media Party y el Banco Mundial. En la primera trazamos el panorama, con un mapa nacional que mostró cuánto varía, a nivel local, el empleo privado registrado en Argentina. En la segunda recorrimos ciudades que, dentro de sus competencias, buscan mover la aguja del empleo, el desarrollo económico y el emprendedurismo. Esta vez, el foco está en las personas y sus historias de esfuerzo. 

A los 20 años, recién salido de la secundaria, Facundo Arana todavía no tenía un rumbo definido en Lobería, en el interior de la provincia de Buenos Aires. Irse a estudiar a otra ciudad no estaba entre sus planes. No quería hacerlo. Si las cosas hubieran seguido su curso, su camino habría sido otro. “Seguramente hubiera estudiado algún oficio para desarrollar habilidades para trabajar en algún ámbito totalmente distinto al que tengo actualmente”, reconoce. 

Hoy tiene 27 años y trabaja en desarrollo informático, el campo para el que se formó. La diferencia entre una vida y la otra cabe en una decisión de gestión local: que la universidad y una carrera de desarrollo informático llegaran a Lobería.

En Río Grande, el extremo sur del país, el comedor de la casa de Emanuel Rodríguez fue durante años también depósito, local y oficina. Desde allí respondía mensajes, preparaba pedidos y hacía crecer su marca de ropa. Hoy CJE, su negocio, tiene un local propio en el centro de la mayor ciudad de Tierra del Fuego y emplea a siete personas, incluyéndolo. El camino lo abrió él, y contó con un empujón del municipio.

La historia de Valeria Flores en Junín, provincia de Buenos Aires, es la de una emprendedora que apostó todo a un producto en que creía. Antes de vender su primera bolsa de granola, pasó un año entero probando recetas en su cocina. Quería un producto que no encontraba en las góndolas. Esa búsqueda terminó convirtiéndose en OndaFit, un emprendimiento que hoy tiene en la granola y el yogur griego a sus productos estrella. Para crecer recurrió a créditos de distintos organismos. El Club de Emprendedores del municipio, en tanto, acompañó su camino con acciones puntuales. 

En Pilar, en la zona norte del conurbano bonaerense, Mathias Ferreira tiene 24 años y arrancó la carrera de Emergencias de la Salud en cuanto abrió la universidad nacional en la ciudad. Desde hace unas semanas recorre los pasillos del hospital municipal en sus primeras prácticas profesionales. Su historia recién empieza, pero ya muestra el patrón que se repite en las otras ciudades: una articulación local que tiende un puente entre el aula y el trabajo.

Universidad de Lobería. 

Las personas detrás del mapa

Las cuatro vidas retratadas aquí transcurren en ciudades que ofrecen oportunidades muy diferentes para trabajar y emprender. Lobería registraba 97 puestos de empleo privado por cada 1.000 habitantes a fines de 2023, bastante por debajo de la media nacional de 143. Junín estaba prácticamente en esa media, con 141. Pilar la superaba con 165, y Río Grande aparecía bastante más arriba, con 191.

No se trata de una galería de casos fáciles. En el lugar con menos empleo registrado de los cuatro, una ciudad decidió construir una universidad para que sus jóvenes pudieran quedarse.

Pero ninguna foto es definitiva. Después de 2023, la macroeconomía siguió su curso y algunas provincias retrocedieron. Tierra del Fuego, donde está Río Grande, perdió cerca del 10% de su empleo registrado entre 2023 y 2025. Ningún número alto es un puerto seguro. Por eso el andamiaje que construyen los municipios pesa, sobre todo cuando el viento sopla en contra.

La universidad que llegó a Lobería

La historia de Facundo Arana empieza donde muchas terminan. En Lobería, una localidad de 18.000 habitantes, terminar la secundaria solía ser el primer paso de una partida. Quien podía, se iba; quien no, abandonaba los estudios.

El municipio articuló una alianza con la Universidad Nacional del Centro (UNICEN) y dio vida a la Universidad en Lobería, que hoy ofrece más de 15 carreras. Entre ellas, la Tecnicatura Universitaria en Desarrollo de Aplicaciones Informáticas (TUDAI), la que cursó Facundo.

El arranque fue modesto. La primera camada empezó con más de 50 inscriptos y la terminaron apenas siete. Cursaban en un centro de usos múltiples; hoy la universidad tiene edificio propio, impulsado por una asociación civil local.

El dato que mejor mide el impacto social es otro: de sus 2.947 estudiantes, los primeros 126 egresados marcaron un hito, ya que el 98% son los primeros universitarios de sus familias. Si bien Facundo no pertenece a su grupo, varias personas de su entorno sí. Por eso su historia ilumina otra dimensión: la del arraigo. No necesitó irse para profesionalizarse.

La universidad fue, además, el puente directo con su primer empleo. “Me llegó una propuesta de trabajo mientras estaba terminando el último año. La empresa buscaba un empleado con el perfil para el cual nos formamos en TUDAI, y la universidad fue un nexo para que se concrete esa oportunidad”. 

Su hermano y su tío también estudiaron allí y tienen historias parecidas. Lo que antes era una ciudad desde la que había que partir, para muchos jóvenes se convirtió en un lugar donde también es posible quedarse.

Una “última bala” en Río Grande

Hace cinco años, Emanuel Rodríguez tomó una decisión que todavía recuerda como un salto al vacío: renunció a su trabajo para dedicarse de lleno a CJE “Sentía yo como que era mi última bala que me jugaba. Y dije, ya fue, vamos a intentarlo”, dice a +COMUNIDAD.

Hubo momentos muy difíciles. “No es todo color de rosas”, admite. Todo se hizo a pulmón, con una administración cuidada que él reivindica como una de las claves del crecimiento: “Hemos sabido administrarnos bien, invertir bien”.

El municipio entró en escena con algo puntual y valioso para un emprendedor que recién empieza: lugares para vender sin costo. La Escuela Municipal de Emprendedores, Oficios y Formación Laboral y la Dirección de Desarrollo Local lo invitaron a expos como Emprender desde el Sur.

La cuenta que hace Emanuel explica por qué importa. En una feria, un puesto puede costar entre 60.000 y 70.000 pesos (cerca de 50 dólares) y muchas veces se vende poco, por lo que “todas tus ganancias se iban en pagar el puesto”. En la expo de la Municipalidad se entra gratis.

Ese espacio le dio otro flujo de ventas y, sobre todo, clientes nuevos. “La gente te empieza a conocer. A la gente le gusta que sea algo que se fabrique acá”. 

Emanuel es enfático en separar las cosas. El mérito es suyo y de su equipo. El acompañamiento existió y lo valora sin vueltas. “El municipio ha estado súper presente conmigo. Siempre me atendieron el teléfono y hasta la fecha me siguen escribiendo por si necesito algo”.

OndaFit y una tranquilidad “impagable” 

La historia de OndaFit empezó en una cocina. Durante un año, Valeria Flores probó recetas de granola porque ninguna de las que encontraba en el mercado la convencía. “No me gustaban las granolas que se estaban comercializando, las sentía poco naturales”, recuerda.

Esa búsqueda artesanal fue el germen de un emprendimiento que hoy funciona de manera online, con un punto de retiro y delivery.  El motor sigue siendo el esfuerzo diario y una apuesta personal que Valeria lleva adelante con mucha determinación. Incluso puso su auto en venta para volcar ese dinero al negocio, hoy enfocado en abrir un local en un shopping de la ciudad.

Las decisiones más grandes las financió con créditos de distintas instituciones. El municipio aportó en una escala menor, pero concreta. Un microcrédito de la Municipalidad le permitió comprar una heladera, y el Club de Emprendedores la acompañó en el etiquetado de sus productos.

Lo que más rescata, sin embargo, es algo menos tangible.”Saber que el Club de Emprendedores está ahí ante una duda, una consulta, un trámite o lo que fuera, nos da una tranquilidad como emprendedores que es impagable”, reconoce. 

El Club acompaña hoy a más de 1.100 emprendedores en Junín. Para Valeria, el respaldo es un piso sobre el cual moverse con menos miedo. Pero el esfuerzo y la “apuesta a todo” son de ella y de Federico Celsi, su pareja. Hoy el emprendimiento da empleo a cinco personas: cuatro están fijas y cuentan con otra persona “que se acopla en momentos de mayor demanda”. La próxima apertura en el centro comercial de Junín ya implica nuevas búsquedas laborales. 

Pilar y el puente entre el aula y el hospital

La historia de Mathias Ferreira recién empieza y, justamente por eso, vale la pena contarla. Arrancó la carrera de Emergencias de la Salud en 2025, poco después de que abriera la Universidad Nacional de Pilar (UNIPILAR). Desde el mes pasado hace sus prácticas en el Hospital Municipal Cirilo Sanguinetti.

Ahí se ve, casi de inmediato, la articulación que impulsa el municipio: una universidad nacional que forma y un hospital municipal que recibe a esos estudiantes. “La práctica me dio la posibilidad de conocer cómo funciona un hospital desde adentro y entender la importancia del trabajo en equipo”, cuenta. 

Lo que más lo movió fue el contacto con los pacientes, esa distancia entre el protocolo del aula y la persona real. “Estar frente a pacientes reales, escuchar sus historias, acompañarlos, es algo que aporta una experiencia completamente distinta”, profundiza. 

Mathias valora esa articulación entre la universidad y el municipio, que en sus palabras tiende “un puente entre el estudio y el trabajo”. Su trayectoria está en marcha, pero ya muestra el patrón que se repite en las otras ciudades. La oportunidad la construye él, con su estudio y su esfuerzo. La gestión local le acercó el lugar donde ese esfuerzo se vuelve experiencia.

Una ciudad puede abrir o cerrar la puerta

Las cuatro historias comparten una estructura:primero está la persona. Facundo pudo estudiar sin irse de su ciudad. Emanuel dejó un empleo para jugarse su “última bala”. Valeria puso en venta su auto para apostar por su emprendimiento. Mathias entró por primera vez a un hospital como futuro profesional de la salud.

Ninguna política reemplaza ese esfuerzo ni lo inventa. Pero en el momento justo, una decisión de gestión local funcionó como empujón: una carrera a la vuelta de casa, un puesto gratis para vender, un microcrédito para una heladera, un lugar donde hacer las primeras prácticas.

Ese empujón no es neutro. Hay ciudades que, dentro de sus competencias acotadas, eligen orientar la brújula hacia la oportunidad. Bajan el costo de entrada de un emprendedor, traen la universidad al territorio, tienden un puente entre el aula y el primer trabajo.

¿Qué hace falta para replicarlo? Las historias sugieren algunas condiciones: una articulación sostenida entre actores, donde el municipio, una universidad, el sector privado y las instituciones de crédito empujan en la misma dirección; una lectura fina de las necesidades del territorio; y una decisión política de acompañar sin asfixiar, reconociendo que el protagonista es la persona que se la juega.

El código postal todavía pesa en el destino laboral de un argentino. No determina por completo el futuro de una persona, pero sí puede acercarle o alejarle oportunidades. Las historias de Facundo, Emanuel, Valeria y Mathias muestran algo más simple: una ciudad no puede hacer el esfuerzo por sus vecinos y vecinas, pero sí puede decidir si les abre una puerta, les tiende un puente o les deja el camino un poco menos cuesta arriba.

Este trabajo fue producido y dirigido por Juan Martín de Chazal, coordinador de +COMUNIDAD | RIL. Pero no hubiera sido posible sin el apoyo de casi una decena de personas más de la Red de Innovación Local. En especial: Camila Alanis (Ciudades del Conocimiento), Clarisa Fabris (Ciudades Emprendedoras), Gastón Lastra (Ciudades del Desarrollo Económico), Florencia Luján (Apoyo periodístico +COMUNIDAD), Inés Reineke (Dirección de Innovación Global), Pedro Nieto (desarrollo web RIL Digital), Florencia Galimberti (Dirección de Impacto), Sofía Irazusta (Dirección de Impacto) y Olivia Nazar Anchorena (diseño gráfico). A todos ellos, el agradecimiento más profundo de +COMUNIDAD. También hacia Alejandra Dandan y Silvina Heguy, periodistas mentoras del Programa Regional de Capacitación de Narrativas y Datos.


Esta producción se enmarca en el microgrant con mentoría otorgado a +COMUNIDAD por el Programa Regional de Capacitación de Narrativas y Datos, una iniciativa impulsada por Media Party y el Banco Mundial destinada a fortalecer el periodismo de datos e IA sobre empleo y desarrollo en América Latina. 

Diseño placa principal: Olivia Nazar Anchorena.