Por Inés Reineke,
Directora de Innovación en RIL Global (*)
La confianza en la democracia es frágil en todo el mundo, y América Latina no es la excepción. La ciudadanía está frustrada con gobiernos que no logran resolver los problemas que más les importan. Las personas siguen votando, pero, mientras la inestabilidad económica, la corrupción y la inseguridad dominan la vida cotidiana, el valor de la democracia se desvanece, y termina siendo percibida como una mera abstracción, desconectada de los problemas reales.
Sin embargo, a nivel local, otra historia está escribiéndose.
En ciudades y pueblos de la región, gobiernos locales y comunidades están reconstruyendo la confianza a través de una participación que se siente tangible, útil y cercana a la vida cotidiana de las personas. Lejos de proyectos ideológicos pretenciosos, los gobiernos locales hacen esfuerzos concretos para resolver desafíos tangibles, como la seguridad pública, la gestión de residuos y la cohesión social, devolviéndole a la ciudadanía un lugar en la vida pública.
Las lecciones que emergen de estas experiencias son alentadoras: la democracia puede recuperar legitimidad cuando entrega resultados, y esos resultados mejoran cuando la participación se canaliza de manera efectiva.
El poder de la gobernanza local y democracia
Los gobiernos locales trabajan donde ocurre la vida cotidiana. Las personas pueden ver el impacto de una gestión efectiva (o inefectiva) en las oportunidades que tienen para prosperar: qué tan fluido es su viaje diario, si sus seres queridos tienen acceso a cuidados confiables, y qué tan fácil (o frustrante) resulta navegar la burocracia local.
En el esfuerzo por restaurar el valor social de la democracia, la escala local puede ser tanto una ventaja única como una debilidad. Si los gobiernos locales no cumplen, la confianza en las instituciones se erosiona, y con ella, el propio sentido de elegir y participar en democracia. Pero si logran liderar una transformación hacia una mejor calidad de vida, esa confianza puede reconstruirse.
En la Red de Innovación Local (RIL), una organización sin fines de lucro que conecta y potencia a 1.000 gobiernos locales en el Sur Global, trabajamos junto a quienes gestionan lo local para impulsar un enfoque integral de la gobernanza que involucra al sector privado, la academia, la sociedad civil y la ciudadanía, en un esfuerzo por entender los desafíos y ofrecer soluciones.
Las administraciones locales más exitosas nos enseñan que, cuando los gobiernos se posicionan como facilitadores y habilitadores en lugar de meros ejecutores de arriba hacia abajo, logran resultados mucho más significativos. Esto también aplica a la participación ciudadana, donde las ciudades tienen una decisión que tomar: usar consultas simbólicas para legitimar una acción, o integrar a la ciudadanía en la resolución de problemas y aprovechar su fuerza para un cambio sistémico duradero.
La confianza es un catalizador para la gestión local, y un gobierno capaz de orquestar la colaboración para reconstruirla está, a nuestro criterio, en el camino hacia el éxito.
Para ilustrar cómo esto es posible, nos vamos a centrar en la historia de la ciudad de San Miguel, en la Provincia de Buenos Aires, Argentina, y en cómo mejoraron su gestión precisamente reconstruyendo la confianza, en el mismo terreno donde muchos gobiernos encuentran razones para darle la espalda a la democracia.
Enfrentar la inseguridad a través de la participación
La inseguridad es una de las principales fuentes de descontento social en Argentina. Según los últimos resultados de la Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública, publicada en mayo de 2026 por el Observatorio de Opinión Pública de la Universidad de San Andrés, es uno de los principales desafíos públicos: un 26% de las personas encuestadas la reconoce como uno de los problemas centrales del país, muy cerca de los bajos salarios, el desempleo, la corrupción y los políticos, e igualando a la pobreza.
Esta preocupación no es nueva. En 2016, el gobierno local de San Miguel, a pesar de contar con cámaras de seguridad y patrulleros, no lograba que sus vecinos se sintieran seguros. Después de probar distintos enfoques, recurrieron a la comunidad y crearon Ojos en Alerta, una iniciativa en la que los vecinos se convierten en socios activos de la política de seguridad, capacitados para reportar situaciones de riesgo y emergencias a través de una herramienta cotidiana: WhatsApp. Esta simple conexión generó flujos de información más rápidos y mejoró la capacidad de prevención, permitiendo que los equipos municipales actuaran con datos en tiempo real.
A través de capacitaciones y talleres públicos, el gobierno construyó confianza con grupos que antes veían poco sentido en compartir información con las autoridades. Después de diez años de trabajo, los resultados son concretos: los reportes ciudadanos y las alertas preventivas aumentaron un 620%, mientras que el delito denunciable cayó entre un 50% y un 85%. Los mensajes mensuales pasaron de 400 a más de 3.600, y casi el 50% de los vecinos usa la herramienta con regularidad.
Hoy, esta iniciativa se replicó en más de 100 ciudades de Argentina. Su éxito demuestra que la participación ciudadana puede ser, a la vez, un valor democrático central en sí mismo y un catalizador sumamente efectivo para la resolución de problemas.

Pasar del qué al cómo
El éxito de la réplica de San Miguel también nos muestra que, en una era de inteligencia artificial, donde las respuestas técnicas (“el qué”) son cada vez más accesibles y están cada vez más comoditizadas, el verdadero cuello de botella de la política pública está en las dimensiones humanas y de comportamiento de la implementación (“el cómo”).
¿Cómo pueden las ciudades superar este cuello de botella? RIL, junto con muchas otras organizaciones, ofrece herramientas, metodología y estructura para potenciar procesos participativos y desbloquear impacto. No hace falta reinventar la rueda, pero sí hace falta voluntad política para atacar las causas de raíz de los problemas, involucrar a los actores correctos y tomar decisiones basadas en evidencia.
La acción colectiva como clave para escalar el éxito
¿Pueden los gobiernos locales ser la clave para contrarrestar el retroceso democrático global? ¿Pueden los alcaldes ser los actores que necesitamos para desbloquear este poder latente de renovación y transformación? Nuestro trabajo con más de 1.000 ciudades en todo el mundo nos da motivos para ser optimistas.
Pero las historias de éxito local aisladas no alcanzan. Si las soluciones participativas transformadoras quieren expandirse, las ciudades deben aprender unas de otras, compartir metodologías y construir narrativas colectivas. Aquí es donde las redes de ciudades y las organizaciones colaborativas cumplen un rol crucial, transformando experimentos individuales en un movimiento más amplio, capaz de reconfigurar la cultura de la gobernanza.
Cuando los líderes locales eligen gobernar con la gente y no para la gente, los resultados llegan. Pero construir esa confianza y sostenerla en el tiempo es un desafío. Canalizar la participación hacia un impacto significativo requiere voluntad política, metodología y la humildad de poner la voz de la ciudadanía en el centro, incluso cuando resulta incómodo. En RIL, este es precisamente nuestro compromiso: trabajar junto a los equipos de gobiernos locales de toda la región, para que las soluciones colaborativas y de alto impacto sean la norma, y no la excepción.
(*) Este artículo se publicó originalmente en inglés como parte de Resiliencia & Resistencia, una serie de artículos del blog de la Fundación Charles F. Kettering que reúne las perspectivas de líderes de pensamiento y profesionales que trabajan para ampliar y fortalecer democracias inclusivas en todo el mundo.
