BOLETÍN IDEAS & INSPIRACIÓN
De residuos a recursos: el plan de San Javier para recuperar sus praderas

En San Javier, Uruguay, un proyecto pionero une a la comunidad y productores rurales para transformar la fracción orgánica de los residuos domiciliarios en un biofertilizante líquido aplicado con drones. Con raíces en una cultura de separación de residuos de más de veinte años, la iniciativa busca revertir la degradación de los suelos pastoriles y abrir el camino hacia un modelo territorial sostenible e inédito en su país.

En San Javier, una localidad de 2.618 habitantes ubicada en el departamento de Río Negro, en la República Oriental del Uruguay, las mañanas comienzan con un hábito doméstico silencioso y coordinado. Antes de que pase el recolector de basura municipal, 90 familias clasifican minuciosamente sus residuos en cestos plásticos. Lo que para algunas personas puede ser una simple tarea es, en realidad, el primer eslabón de una cadena de transformación productiva que conecta a la comunidad. 

Este hábito doméstico responde de manera directa a la necesidad de restaurar el ciclo natural de los recursos desde el hogar. “Cuando uno observa la naturaleza comprende que allí no existen los residuos; todo se transforma, se biodegrada y vuelve en un ciclo de nutrientes o minerales”, explica Pablo Gautier, cocreador de la iniciativa Mejoramiento agroecológico de praderas mediante el reciclaje de residuos orgánicos.

El proyecto busca revertir la degradación que sufren los suelos de los sistemas pastoriles circundantes, agotados por esquemas de producción agrícolas tradicionales que dependen de fertilizantes químicos, a través del reciclaje de basura orgánica. El compost generado se procesa luego para crear “té de compost”, un insumo líquido, rico en bacterias y hongos benéficos. Se esparce de forma aérea sobre las pasturas ganaderas utilizando un dron agrícola de última generación.

Esta iniciativa, financiada a través del Fondo de Desarrollo del Interior (FDI), gestionado por la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP) y articulada por la Intendencia de Río Negro, se puso en marcha en marzo de 2026. Al tratarse de un proceso biológico que requiere de tiempos de maduración de las praderas, la experiencia aún no cuenta con datos cuantitativos de rendimiento agrícola. Sin embargo, ya registra procesos y aprendizajes viables de replicar en otros territorios.

San Javier: las raíces del compromiso

La particularidad de este proyecto de compostaje se da en la cultura de reciclaje ya instalada en San Javier. Aquí la separación de residuos en origen no es una práctica reciente. “Comenzó hace dos décadas con la consigna: cuidemos el planeta comenzando por casa“, recuerda Mariela Logvinenko, vecina de la localidad e integrante de la Sociedad de Fomento Rural. “Era una idea loca, para algunos una utopía, pero al ver el aumento de botellas plásticas en los vertederos locales, decidimos cambiar los hábitos de recolección” agrega. 

Vecinos y vecinas organizaron una red de recolección local. Los ingresos generados por la venta del material reciclado se volcaron por completo en la comunidad, financiando donaciones de pintura, vidrios y artículos de limpieza para las escuelas y centros de salud locales. La iniciativa se convirtió rápidamente así en un programa de desarrollo social, y con el tiempo se incorporó como un subgrupo oficial de reciclaje, denominado “Los Botelleros”, dentro de la Sociedad de Fomento Rural de San Javier.

Cuando la Intendencia de Río Negro y la sociedad plantearon la posibilidad de dar el salto hacia el compostaje de residuos orgánicos húmedos, la confianza colectiva ya estaba cimentada. “Nos planteamos encontrar 50 familias dispuestas a separar lo orgánico de sus residuos sólidos domiciliarios. Sorprendentemente, se unieron de inmediato y las sumamos a las 35 que ya clasificaban plásticos. Hoy tenemos noventa familias eco-amigas”, detalla Logvinenko, quien lidera todo ese trabajo. 

La premisa que dio inicio a la red de reciclaje local. Imagen: Sociedad de Fomento Rural de San Javier.

Reingeniería financiera e innovación tecnológica 

Este compromiso ciudadano resolvió de antemano el obstáculo más difícil de cualquier programa de economía circular: la resistencia de la población a cambiar sus conductas cotidianas de descarte. También facilitó el inicio del proyecto de mejoramiento de praderas, que surgió a partir de una alianza con La Enmienda, una empresa que les presentó el té de compost como una alternativa para revitalizar la vida del suelo.

La viabilidad técnica del proyecto se consolidó gracias a una reconfiguración presupuestaria impulsada por el gobierno local. El presupuesto inicial otorgado por el Fondo de Desarrollo del Interior (FDI) fue de 2.400.000 pesos uruguayos (unos 60.000 dólares). Con ese monto se adquirieron herramientas fundamentales para la planta de acopio: un tractor con pala, una chipeadora de ramas, una volteadora de compost y contenedores domiciliarios, que se repartieron a la red de recolectores locales.

La planificación original preveía la compra de una estercolera de sólidos, pero fue en ese momento donde surgió una alerta técnica crítica. “Pablo Gautier (el cocreador de la iniciativa) me planteó que existía un riesgo altísimo de contaminación cruzada”, explica Sebastián Alarcón, subdirector de Desarrollo Económico de la Intendencia de Río Negro. “Decidimos hacer una reingeniería financiera junto a la OPP. Sacamos la estercolera de sólidos, ajustamos los costos de otros proveedores e incorporamos un dron de uso agrícola”, añade. 

Dron adquirido para el proyecto. Imagen: Intendencia de Río Negro.

El equipo de San Javier cuenta que el cambio técnico generó dudas en la inspección fiscal de la OPP, que argumentó que los drones eran herramientas demasiado novedosas, sin antecedentes firmes de aplicación agroecológica en el país. Tuvieron que defender la propuesta demostrando que el proveedor del equipo no solo entregaba el dron, sino que coordinaba un curso de manejo profesional con el apoyo del Instituto Nacional de Empleo y Formación Profesional (INEFOP).

Esta formación técnica se orientó específicamente a los hijos jóvenes de los productores, asegurando mano de obra calificada en el territorio y motivando a las nuevas generaciones a permanecer en el sector agropecuario de forma sostenible. El proyecto agroecológico de San Javier no se plantea como una experiencia voluntarista de pequeña escala –remarcan sus impulsores–, sino como un ensayo de validación científica que busca sentar las bases para una nueva forma de producir en el país. 

Rigor técnico y validación científica descentralizada

Actualmente, un grupo piloto de doce productores de la Sociedad de Fomento Rural (donde el 40% son mujeres) participa de manera activa en las aplicaciones experimentales. Para dotar a la experiencia de rigor científico y generar las primeras recomendaciones de dosificación oficiales de té de compost para el pastoreo uruguayo, se ha estructurado una red de colaboración institucional de carácter inédito:

  • Universidad Tecnológica del Uruguay  (UTEC): trabaja en el análisis microbiológico del agua y en el diseño y construcción de biorreactores adaptados, fabricados en los talleres de la propia intendencia para evitar los altos costos de importación.
  • Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) y Conaprole: diseñan y ejecutan protocolos de investigación a campo para evaluar variables biológicas clave como la persistencia de las praderas pastoriles, el incremento de nutrientes del suelo y la sanidad animal de los rodeos alimentados con estos forrajes inoculados.
  • Grupo de recicladores de San Javier: garantiza la trazabilidad del proceso mediante el sistema de doble tacho numerado. Este control permite auditar los recipientes casa por casa, asegurando que no lleguen plásticos ni metales pesados que arruinen la calidad microbiana de la pila de compostaje.

“El proyecto apunta a sentar las bases para una nueva forma de empezar a producir, apartándose un poco de los fertilizantes de síntesis e incorporando tecnologías naturales en equilibrio con el medio ambiente”, reflexiona el ingeniero agrónomo Alarcón. La comunidad de San Javier asume esta etapa inicial de acopio y pruebas con la certeza de que, aunque los resultados biológicos definitivos demorarán meses en consolidarse, están construyendo un faro metodológico para toda la región.

Aprendizajes y potencial de replicabilidad

Con este proyecto, San Javier se podría transformar en la primera localidad agroecológica de Uruguay. En ese camino Gauthier dice que, a mediano plazo, el equipo detrás de esta iniciativa busca consolidar y ampliar las áreas de praderas mejoradas en la localidad, profundizar el monitoreo de los resultados productivos, ambiental y económicos y llegar con el reciclaje a todo la ciudad. 

“Nos interesa generar información local que permita validar y ajustar las prácticas para distintas situaciones de suelo, sistemas de producción, logística, manejo y sobre todo llegar a un sistema sumamente fácil desde la recolección del residuo en las viviendas, hasta la aplicación del compost líquido”, expresa.  A largo plazo la meta es que los ensayos e indicadores que logren recabar sirvan de insumo para crear políticas públicas y, sobre todo, validar un sistema circular funcional, sostenible y sustentable.

“Proyectamos a San Javier como un faro regional de innovación agroecológica. No vemos este proyecto de forma aislada, sino como motor de una transformación territorial integrada. Queremos demostrar que el interior rural del Uruguay puede liderar la bioeconomía, generando valor agregado ambiental y que sea un orgullo para nuestra comunidad y un estándar para el país”, sostiene el referente.

Equipo detrás de la iniciativa. Imagen: Intendencia de Río Negro.

Sobre los aprendizajes que deja hasta el momento la experiencia, el ingeniero comparte que “los cambios más profundos ocurren cuando la innovación técnica va acompañada de la construcción social”. Además, agrega que comprobaron “que es posible generar impactos positivos simultáneamente sobre la producción, la salud del suelo, y la gestión de residuos, transformando problemas ambientales en oportunidades para el territorio”.

A las ciudades que quieran recorrer este camino, el especialista recomienda comenzar con experiencias piloto concretas, espacios de diálogo entre todos los actores involucrados y construir confianza antes que buscar resultados rápidos. “Es fundamental contar con habitantes y productores comprometidos, apoyo técnico interdisciplinario, instituciones locales que faciliten la coordinación y una infraestructura mínima para la gestión y valorización de los recursos orgánicos disponibles”, precisa. 

Por último sugiere que cada territorio debe adaptar el procesos a sus propias características, necesidades y oportunidades manteniendo una visión integradora que conecte producción, ambiente y comunidad. También invita a que se acerquen a San Javier y vean el proyecto con sus propios ojos: “Observen lo que se puede hacer y lo que no, saquen todas sus dudas y hablen con todos los actores. San Javier es un pueblo de puertas abiertas, orgullo de mostrar lo que viene construyendo”. 

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Redacción +COMUNIDAD

Imagen de portada: ilustración de RIL y +COMUNIDAD.