En ocho años, São Paulo pasó de 23 jardines de lluvia a 479. Estas soluciones basadas en la naturaleza retienen hasta un 30% del agua pluvial en cada tramo donde se instalan. Alivian el sistema de drenaje convencional, recargan los acuíferos subterráneos, aportan biodiversidad y mejoran el microclima en calles que antes eran superficies impermeables. La experiencia, reconocida internacionalmente, deja lecciones concretas para otras ciudades de la región.
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